Textos
Ricardo Nacht
A propósito de “Locura y Horror -¿Qué relación?, ¿Qué clínica?-“, de Raúl Vidal
Presentación hecha el 16 de julio de 2010, en el Centro Ana Frank, CABA, por invitación del autor

 

Para comenzar, quisiera señalar el buen tino de Daniel Korinfeld en haber elegido el Centro Ana Frank para la presentación de este libro. Porque se tratará de poder entrar en el horror desatado en el S. XX, el marco y esta fría noche de invierno son los adecuados.

Esta presentación tomará en cuenta el hecho de que el público está conformado por analistas y no analistas, y dada la dedicatoria que me escribió el autor, la presentación no podrá ser una de ocasión. El libro consta de dos seminarios impartidos por Raúl Vidal en la ciudad de Córdoba en mayo de 2007 y abril de 2009: “¿Los niños crecen? (En torno a cierto trabajo de Anna Freud con niños sobrevivientes de la shoá)” y “La guerra es sin los padres (Anna Freud y sus infantes en guerra)”.

En estos seminarios Vidal estimula vivamente al público a hablar y a escribir en los márgenes de sus palabras porque cree que eso es lo que hace un psicoanalista. Lo que vendrá a continuación está entonces escrito sobre aquellos márgenes.

 

Para entrar en el libro de Vidal hay que tomar aire, y por varias razones. Si bien se va a tratar de dos seminarios con una muy fuerte ilación entre uno y otro, entrar de lleno a la relación entre locura y horror para poder articular una clínica dentro de una institución que se ocupa de infancias quebradas (ese es el público al que en principio están dirigidos estos seminarios), para poder hacerlo, Vidal se ocupará de mostrar la manera en la que, dentro de la historia, se va produciendo ese quiebre.

Para comenzar, una imagen y una pregunta: ¿Qué hace un psicoanalista dentro de un libro que tiene como tapa una pintura de Leo Haas de 1942, “Niños judíos marchando en Terezín”? Demos un paso más, otra pregunta: ¿Se ubica el psicoanalista como espectador de esa imagen, o busca encontrar su lugar dentro de ella, dentro del cuadro? O sea, como plantea el título del libro, ¿qué relación? 

Veremos aparecer más adelante las relaciones entre imagen y horror, sólo adelantemos aquí una primera conclusión: donde hay horror habrá una imagen. Vidal toma ejemplos, mostraremos algunos de ellos. Veremos a Antígona y a la tragedia como ejemplos, y a Imre Kertész y su testimonio. Tomaremos sólo algunas pistas del libro siguiendo a Vidal en su particular modo de abordar la pregunta por el sobreviviente. El libro es una extraña combinación de vértigo y paciencia, es un vértigo que va lento. Sabemos que Vidal es escritor y entonces no nos resulta casual que escritura rime con lectura y con locura. Y Vidal encuentra su método para entrar y hacernos entrar en aquella imagen.

Sin perder nunca de vista la pregunta por el niño, y por el hecho de que nunca podremos encontrarlo por fuera de alguna institución, la familiar o la que fuese, este libro ofrece la posibilidad de abrir a fondo la relación cerrada entre lo social y lo institucional; -ahora tanto para el niño como para los analistas. El lager, Vidal lo muestra, alcanza, a través de sus medios técnicos, científicos y administrativos, el estatuto de paradigma de lo institucional. Lo muestra citando a Primo Levi:

En primer lugar Primo Levi confirma nuestro intento de pensar lo institucional a la luz (o a la sombra) del lager… [él] sostiene que “en el universo concentracionario casi todos se comportaban sin llegar a ser monstruos congénitos: de hecho había pocos monstruos o enfermos mentales. La mayoría se mantenía fiel a la disciplina con una indiferencia desganada. No les apasionaba matar gente, pero lo aceptaban. Eran el producto de una escuela.”

Así, en negritas, es como lo escribe Vidal. ¿De qué escuela, nos preguntamos, somos producto nosotros, los psicoanalistas? Es curioso el hecho de que se hayan escrito tantas cosas fundamentales a la salida del lager, del horror, de esa política. Kertész y Primo Levi lo hacen, Celan lo hace, Pilar Calveiro lo hace, y Lacan lo hace escribiendo “La agresividad en psicoanálisis” (luego veremos algo de lo que allí escribió). Se trata de la agresividad en (y no para) el psicoanálisis, así como en Vidal se tratará de una clínica (¿qué clínica?, y este el último término del título que nos faltaba ubicar) en locura y no de la locura. Y también Jinkis lo hace en 1983, “saliendo” (?) de nuestro lager en el primer N° de Conjetural.

¿Y si aquello de lo que se ocupa un analista quedase definido por la manera en que se ocupa de aquellas comillas? Retomemos la relación entre disciplina, o sea la obediencia, y una escuela. Porque “saliendo” queda escrito entre comillas, aquel texto de 1983 es absolutamente actual. Vean si no:

“Lo ya producido es un síntoma que llamaremos obediencia, y que en nuestro medio se extiende más allá de los fines y confines del psicoanálisis. Pero esa extensión nos concierne porque sabemos que no es ajena a la transmisión del psicoanálisis, porque nos concierne su intensión en tanto el síntoma vive del lacanismoambiente, porque aún conocerá éxitos en su proliferación universitaria y porque todavía logrará ubicarse en los asentamientos corporativos de los psicoprofesionales.”

Luego agregará que se tratará de poder “remontar la pendiente del mercado”. Y allí estamos, ¿”saliendo”?. El libro de Vidal se pregunta por la infancia quebrada a la salida del lager. Lee a pasto y a lo bestia todo lo escrito en el lager y a la salida del lager. Analiza a fondo el dispositivo, experimento, escuela, institución, creado por Anna Freud para alojar a seis niños de poco más de tres años de edad sobrevivientes del campo de concentración-exterminio de Terezín. Ha leído sobre el lager de Stalin, y prácticamente todo sobre nuestros campos de concentración-exterminio. Vidal hace suya, y hacemos nuestra, la crítica que Primo Levi le realiza al psicoanálisis en la figura de Bruno Bettelheim, extensible, decimos, a nuestro lacanismoambiente: “Una coraza que cumple el papel de evangelio que todo lo aclara, sin dejar un lugar para las dudas”.

Volvamos al síntoma. A la obediencia como síntoma. Destaquemos que el psicoanálisis como discurso sostiene, como cualquier discurso, una política; y que la política del psicoanálisis no es otra que la del síntoma. El síntoma es, sabemos, aquello que define para nosotros el campo de lo interpretable: al analista lo situamos entonces al lado de Primo Levi, porque se trata de poder interpretar esa obediencia producto de aquella disciplina. Volveremos sobre este “al lado”, Vidal se detiene en este preciso y precioso lugar. Antes quizás no esté de más recordarnos que supimos vivir en el país de la Obediencia Debida (con b y con v). Vidal sitúa al analista, y se (nos) sitúa, al borde de una experiencia, un testimonio-un testigo, que se juega en los límites del lenguaje. Muestra cómo la imagen que acompaña al horror poniendo cierto velo, lo hace siempre en el lugar de ese límite. Pone al analista en su lugar, al lado de ese agujero, de ese hiato, porque saca todas las consecuencias posibles de esa afirmación-exhortación de Lacan que dice (y extendemos la cita sólo un poco más allá de donde suele llegar el recitado obediente):

“Que mejor renuncie quien no pueda unir en su horizonte la subjetividad de su época […] y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes. […] Pues, ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico.”

Sigamos a Vidal por la punta del lenguaje. Sobre el lenguaje dos cositas, dos detalles de Lacan: “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, y “el inconsciente es la política”. Tiremos de la punta de la discordia, o sea la punta del lenguaje y de la política; ya que el lenguaje y la política están articulados, tanto como el deseo está articulado a la política (tan presente en estos días de matrimonio gay), a la biopolítica. Sigamos a Lacan, que siempre tuvo claro contra qué y contra quienes escribía.

Donde están la disciplina y la obediencia como lenguaje, el psicoanálisis entra por la vía de la discordia. Veamos cómo lo hace y lo plantea Vidal. De lo escrito a la “salida” del lager, el texto del que se va a ocupar es el de H. Arendt sobre el juicio a A. Eichman. De manera ultrabreve: la banalidad del mal es encarnada por Eichman cuando se defiende con un lenguaje que es el de la razón práctica. Un lenguaje que se apoya en el concepto kantiano del bien. El discurso del psicoanálisis, señala bien Vidal, “está todo lo alejado que se puede de una razón práctica comandada por el bien de todos”. Que por esta punta Vidal se haya visto llevado hacia la tragedia es justo. Vean si no: el error de juicio que Lacan le atribuye a Creonte (estamos con Antígona) es, según Vidal, atribuible a Eichman; error definitivamente político en tanto se plantea el bien de todos. Y porque este lenguaje produce una víctima, venir de un lenguaje que puede plantear la discordia, permite decir que el verdadero alcance de la tragedia, que su verdadero misterio, se juega alrededor del hecho de que, señala Lacan, Antígona sea una víctima voluntaria que, por lo mismo, producirá fascinación, dejándonos a todos, por lo general, como espectadores. En este punto el libro de Vidal interroga inquietantemente la idea de un Museo para el horror.

Vidal, escritor y lector rabioso, sabe que la discordia de los lenguajes está planteada a la salida del lager, a la salida de la obediencia como síntoma. El hombre moderno, cito a Lacan, es el hombre “liberado”, -las comillas nuevamente. Reunir a este “liberado con aquella “salida” da como resultado tanto el campo de la política, como el campo de la locura que señala Vidal; y en este campo somos todos sobrevivientes. La clínica ahora será, para el analista, su modo de alojar a este sobreviviente, víctima de aquel para todos. Porque este para todos se plantea como límite, límite del lenguaje, Vidal, tanto como cierta poesía (“Nadie testimonia por el testigo”), hacen allí su práctica discordante. Es sobre este borde que veremos aparecer la pregunta “¿qué clínica?”, toda vez que se tratará de alojar una infancia quebrada, otra cara del sobreviviente.

Un ejemplo, extraído o construido con el libro de Vidal: si Anna Freud se planteó en términos de experimento la institución que debía alojar a aquellos seis niños salidos de Terezín, esto sólo es posible hacerlo con el lenguaje del para todos, que hará de esos seis niños seis víctimas. Experimento nunca ha tenido nada que ver con experiencia. Y la grieta que hay en el medio, y de la que se ocupa un analista, hace que su práctica se dé en el terreno de la política; cuestión a todas luces por lo general velada o rechazada en las instituciones analíticas. En línea con la obediencia como síntoma de agosto de 1983, en abril de 2010, Jinkis plantea que:

“La progresiva objetivación de la experiencia articula un rechazo de la política que es intrínseca a nuestra práctica. Se educa, se enseña, se explica con arte, con ingenio, con inteligencia. Pero se transmite la renegación del retorno político de nuestra inconsecuencia sobre nuestra práctica.”

Y es también por este sesgo que Vidal se preguntará qué relación, qué clínica. Vidal interroga qué es una experiencia allí donde queda planteada una salida del horror y de la locura; no de lo indecible, sino, en palabras de Semprún, de lo invivible. Veremos luego, con Primo Levi, en qué términos debiéramos plantearnos, para aquella “salida”, la relación entre el lenguaje y lo vivible. La salida o caída de una transferencia como experiencia no objetivada (el fin de un análisis), tanto no rechaza a la política, como que la hace intrínseca a nuestra práctica. Vidal se pregunta si el sujeto podrá o no sobrevivir al agujero de la Historia que implica el horror desatado en el S. XX. Toda salida de ese horror ha sido siempre, Vidal lo muestra, todo lo escrito a la salida del lager lo muestra, la puesta en forma de un espacio donde eso pueda ser narrado, un espacio de representación dramático. Así lee Vidal las notas de H. Arendt tomadas durante el juicio a Eichman.  

El libro también sigue a Kertész, un niño en el lager. Lo hace siguiendo un método que Vidal se impone. Una narración que debe no empastarse, un escrito, su lectura en voz alta, y un público. Un método capaz de acomodarse de la mejor manera a la pregunta lanzada, ¿qué es un niño?, ¿qué es la infancia? Sigue a Kertész que, para poder testimoniar sobre el niño que fue en el lager se plantea que su relato, su narración, deberá poder ajustarse a “un lenguaje a-tonal”, un lenguaje sin tónica que le permitiese desentenderse “del todo, de los significados originales de las palabras”. El testimonio se hace niño y por eso lo encuentra; la lectura en voz alta lo encuentra, -una lectura en voz alta en disposición para seguir al niño.

En la misma pista del lenguaje, de la discordia de los lenguajes como práctica, tomemos una vez más a Primo Levi:

“Algo sobrevivió en medio de las ruinas. Algo accesible y cercano: el lenguaje. Sin embargo el lenguaje mismo tuvo que abrirse paso a través de su desconcierto, salvar los espacios donde quedó mudo de horror, cruzar por las mil tinieblas que mortifican el discurso.”

Sobre este margen, escribamos una cita de Lacan:

         “No hay más que lenguaje en esta elucubración del inconsciente.”

Ahora bien, ¿hay alguna relación entre la “salida” del lager y la salida de un análisis? ¿Entre una salida entre comillas y unas salida sin comillas? Más que breve: el texto de Lacan ”Proposición del 9 de octubre de 1967”, texto que pretende ajustarse a las claves de esa (una) salida, sobre el final, porque se trata de “el ascenso de un mundo organizado sobre todas las formas de segregación”, dirá, cual es el sujeto que le es correlativo:

“Se trata del advenimiento correlativo a la universalización del sujeto procedente de la ciencia, del fenómeno fundamental cuya erupción puso en evidencia el campo de concentración […] quien no ve que el nazismo sólo tuvo el papel de un reactivo precursor.”

Retomemos el testimonio en los límites del lenguaje, en el para todos como límite, límite que Lacan llama “el fracaso del concepto”, dado que todo concepto vale para todos. En tanto el testimonio tiene como referencia a la verdad, y en tanto el concepto fracasa en atraparla (por eso a la verdad se la mediodice), quedamos al lado del chiste, en el campo del Witz. Este punto permitirá tocar un punto que consideramos clave, absolutamente afín al trabajo que venimos haciendo. Se va  a tratar del lugar del analista al lado del sobreviviente, de la víctima, y del valor de este “al lado” cuando es la verdad la referencia. Veamos este “al lado”, este “a-coté”, primero en Lacan, luego con Vidal en Primo Levi, y finalmente en el propio Vidal:

         “De lo que se trata siempre, lo que la agudeza hace expresamente es esto: designa siempre al lado, a-coté, lo que sólo se ve mirando en otra dirección […] La esencia de la agudeza reside en su relación con una dimensión radical que se refiere esencialmente a la verdad.”

Agreguemos que si hay algo discordante, eso es el chiste, el Witz, la agudeza. Ahora Primo Levi:

“La voluntad de vivir es algo profundo y confuso, algo en nosotros y al mismo tiempo junto a nosotros, separado de la conciencia, normalmente funciona en silencio y entonces permanece ignorado. Pero puede enfermar y atrofiarse… entonces se sigue viviendo, pero mal, fatigosamente, con dolor.” (subr. Ntro.)

“Ustedes ven, remata Vidal, la posibilidad de sobrevivir al horror es algo que está en nosotros y al mismo tiempo junto a nosotros, algo que, nos atrevemos a decir, nos da un lugar al lado [a-coté] del sobreviviente o, llevando las cosas a un extremo, un lugar en el horror”

Finalmente diremos que esto vale como ejemplo, porque eso es un ejemplo. Bei-spiel en alemán, “esto que se juega ahí al lado”, o paradigma en griego, “esto que se muestra ahí al lado”; ni particular ni universal, se hace ver mostrando su singularidad, fuera de cualquier para todos. (G. Agamben nos ha hecho acá de guía.)

Este “al lado”, este “junto a nosotros”, es una posición que, por sus alcances, podría tener insospechadas consecuencias, (Lacan las saca): ya que “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables […] llamen a eso terrorismo donde quieran”. Sólo porque el analista ajusta su lugar viniendo de la política, de la discordia de los lenguajes, del horror, o sólo porque habrá sabido alojar al sobreviviente disponiendo una salida, sólo por ello, o por ello mismo, podría ser acusado de practicar cierto “terrorismo”, (luego de lo cual, y por/para el bien de todos, podría ser “exterminado”). Recordemos que se trataba para él, el analista, de encontrar su lugar, “su función de intérprete en la discordia de los lenguajes”.

Para terminar, vamos a relacionar este “al lado” con algo que preferimos llamar una práctica y no un concepto: la fraternidad. La veremos aparecer en una cita que nos había quedado pendiente. Se trata de uno de los textos que Lacan escribe a la salida del lager, en 1948: “La agresividad en psicoanálisis”. Así termina, es su último párrafo. A la “salida” del lager, el hombre “liberado”:

“En el hombre “liberado” de la sociedad moderna, vemos que este desgarramiento revela hasta el fondo su formidable cuarteadura. Es la neurosis de autocastigo, con los síntomas histérico-hipocondríacos de sus inhibiciones funcionales, con […] sus desrealizaciones del prójimo y del mundo, con sus secuelas sociales de fracaso y de crimen. Es a esta víctima conmovedora, evadida, […] a la que recogemos cuando viene a nosotros, es a ese ser de nada, a esa víctima, a quien nuestra tarea cotidiana consiste en abrir de nuevo la vía de su sentido en una fraternidad discreta …” (subr. Ntro.)

 

Si a la fraternidad la tenemos después de la discordia, vuelvo a Vidal: “un traumatismo-una emoción, pueden dejar para el sujeto algo en suspenso, algo que puede perdurar hasta tanto no se haya vuelto a encontrar un acuerdo.”

Es en este mismo punto donde concluye M. Wainfeld su editorial del día 15 de julio en Pagina 12. Comenzada a escribir el 14 de julio (aniversario de la Revolución Francesa) y terminada en la madrugada del 15, dice al final: “En la madrugada de hoy se marcó un hito por la libertad y la igualdad. Por la fraternidad queda tanto por hacerse” Al analista, decimos, le tocará encontrar su lugar en esos puntos suspensivos.

Y al día siguiente, el 16, en el mismo periódico, algunas palabras dichas, el día anterior, por el juez Garzón en la ESMA. Primero recordemos la cita de Primo Levi hecha al comienzo: “La mayoría se mantenía fiel a la disciplina con una indiferencia desganada”. ¿Qué dijo Garzón?: “Debemos huir de ese gran mal que afectó el S. XX, la indiferencia. No podemos, y los jueces menos que nadie (incluyamos al analista), volver la cara hacia otra parte”.

Lo cierto es que es palpable la indiferencia, el rechazo a la política por parte de la corporación psicológico-analítica (incluida la lacaniana), tanto como es cierto que en sus instituciones o escuelas no suele practicarse una fraternidad discreta, y sí la obediencia, la indiferencia, la segregación y “el exterminio”. Así les (nos) retorna la política.

Finalmente. Vidal en el libro, Mario Betteo en el prólogo y quien les habla (escribe) en la presentación-comentario. Los tres venimos desde hace una punta de años practicando una fraternidad discreta. Ha sido un gusto leer este libro, un libro necesario. Celebro su llegada y léanlo, aprenderán mucho. Gracias.

 

                                             Ricardo Nacht

                                               JULIO 2010

 

 

 

 

 

 

 



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